miércoles, 15 de octubre de 2014

Llueve por dentro.

Con el primer café de la mañana ya el cielo estaba gris y lluvioso. Al cruzar la puerta sentía que mis huesos se estaban calando, pero no, no era el agua lo que me los mojaba.
Cada mañana me levantaba pensando que seria diferente, que cambiara. Pero por mucho que me esfuerce todo sigue igual. La vida avanza, el mundo, las personas a mi alrededor, todo, todo menos yo. Me quedo estancada otro día mas pensando que quizá mañana me levante con fuerzas de cambiar mi vida. Hasta hoy.
Hoy he encontrado esa respuesta final, la respuesta definitiva a la que todo el mundo llega de una forma u otra. Mi respuesta ha llegado sin preguntar, sin avisar. Escuchando el silencio que había en mi, en mis huesos calados por esa oscura soldad supe que nada en este mundo que fuera ruidoso, nada chirriante, ninguna melodía, ni tan si quiera el claxon de un coche pitando en mi oreja, nada haría sonar algo en mi interior. Nada me secaría para siempre.

Y ahí estaba yo, con el paraguas en la mano a punto de abrirlo, pensando que en realidad llovía y me mojaría, que mis huesos ya estaban calados, que ningún paraguas podría esconderme, nada podría hacerme cambiar. Mi vida siempre seria igual, me levantaría cada día lluvioso con la idea de cubrirme con un paraguas, como cada día triste me cubro de una alegría falsa.
Con las mismas miro el paraguas, cansada de taparme sabiendo que de todas formas me mojare. Y lo dejo, lo dejo lejos de mi. Y me voy. Y me mojo. Me mojo con la realidad de esta oscura soledad.

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